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en homenaje a Hélène Niederman

Traducción : Brigitte & Marc Avezou
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1
Algunas palabras para el recordatorio de mi madre.
(02/04/2006)


        Mi madre, Hélène Niederman Krausz naciò en Budapest el 5 de Diciembre de 1900 y falleciò en El Fundo Santa María del Carmen en Ica, con fecha 8 de Marzo de 2006 a las 4:30 am. Coincidiò esta muerte con mi traslado a Lima con toda urgencia en ambulancia. Su médico de cabecera declarò más tarde a mi hija Brigitte que jamás había observado tal comunicaciòn entre dos seres a pesar del estado crítico letárgico de mi madre.
       Cuando ella tenía 6 meses, sus padres se trasladaron a Viena donde viviò hasta el año 1924, fecha en que emigrò a Paris y se casò con mi padre. Desde esta época vivieron en el número 37 del Boulevard Saint Martin, donde mi padre creò el taller de joyería que fue desmantelado por los alemanes en 1942, después de su arresto. Mi madre pasò los últimos años de su vida con nosotros, en Los Patos, pero viajaba a París cada año para reubicarse en su departamento, donde solía quedarse seis semanas, de mayo a junio. Así que durante sus últimos años, llevò una vida tranquila y felíz.
        En su infancia, había recibido une educaciòn liberal desligada de la religiòn. No me dejò ninguna disposiciòn particular para su funeral.
        Sin embargo, de repente recordé que me había contado que cuando la policía francesa, el 17 de Julio de 1942, vino para detenerla con mi padre, rezò Chema Israel, adonai eloenu, adonai ehat (« Escucha Israel, Nuestro Dios es eterno, Nuestro Dios es Uno »). Eso significaba que tenía raíces hebreas profundas. Se me ocurriò que su educaciòn en el antiguo imperio austrohúngaro debía haber dejado huellas profundas. Unos cuerpos del Estado estaban a cargo del clero. Así , cuando a los siete años tuvo difteria, enfermedad mortal en aquella época, sus padres tuvieron que mandarla al hospital, que estaba a cargo de monjas. Al pie de su cama , había una ficha con la inscripción « de religiòn judía » mientras que en las otras se leía « de religiòn cristiana ». Sin embargo guardò de su estadía en el hospital unos recuerdos maravillosos: las monjas la mimaban y todos los niños jugaban juntos sin preocuparse por la diferencia de religiòn. Lograron salvarla. Otro ejemplo típico de aquella época: de acuerdo con los programas, los alumnos tenían obligaciòn de seguir clases de religiòn: los judíos, con un rabí y los demás, con un cura. Me convencí de que había recibido una experiencia religiosa. Cursò estudios brillantes impregnándose del refinamiento y del rigor vieneses de aquella época.

        Por eso celebramos una ceremonia religiosa con un número reducido de antiguos y queridos amigos tal como habría sido del agrado de mi madre, que buscaba solo la autenticidad.

Robert Niederman



2
      En 1924 mi tío Geza y mi tía Hélène se instalaron en un piso, en el bulevar St Martin, nº37 en Paris. Nacieron en este hogar mis primos Robert y su hermano Emile en 1925 y 1927. En estos años mi tía Hélène estaba ocupadísima entre sus tareas de madre y ama de casa : siempre se encargaba ella misma de las compras porque así lo exigía su excelente cocina. Además llevaba las cuentas de la joyería de su esposo y era ella quien resolvía con eficacia sin par los problemas administrativos, comerciales o de vecindad y facilitaba así la integración de su familia y familiares en un mundo nuevo y algo diferente del de Europa central, de donde eran oriundos.

      Fue en aquella época cuando llegaron a París mi tío Louis, el hermano de Geza que se casó poco tiempo despuès con Elly, y mi padre Martin, también llamado Marcel, que conoció a mi madre unos años después. Numerosos fueron los amigos y familiares que inmigraron al mismo tiempo.

      ¿ Por qué recordar estos datos ?

      Porque a casa del tío Geza y de la tía Hélène era adonde todos acudían primero en busca de un lugar de acogida donde se les pudiera escuchar y contestar en hùngaro a sus preguntas más útiles e íntimas. Según me contaron todos, la tía Hélène se dedicaba a ello con una paciencia, una atención y una competencia extremada. La tía Hélène trataba de resolver cada caso: se ocupaba de los trámites, de encontrar un trabajo, un alojamiento, y mientras tanto tenía mesa abierta para todos los que acudían y hasta improvisaba un catre en su despacho cuando no tenían donde dormir.

      Cada una de estas personas me describió con todo detalle la generosidad, la espontaneidad, la disponibilidad, el calor, el valor y la sonrisa de la tía Hélène. El trabajo, el cansancio nunca alteraron su milagrosa dedicación : ella se mantuvo siempre atenta con todos y cada uno, quienquiera que fuera.

      La epopeya de la tía Hélène prosiguió hasta 1938 porque después de los familiares y conocidos húngaros, llegaron en condiciones semejantes los familiares y conocidos alemanes y austriacos.

      Los esfuerzos de la tía Hélène y del tío Geza eran descomunales: demostrar tanta solidaridad hacia tantas personas era un reto difícil de asumir, tanto más que después de la crisis del 29, la joyería sufrió un duro golpe y la única alternativa fue dedicarse a la bisutería hasta los peores momentos de la guerra.

      1942 : la policía francesa arresta al tío Geza que es deportado por los nazis. La tía Hélène logra escapar burlando la vigilancia de los guardias y después de azarosos periplos, logra alcanzar la zona libre. Por decisión de la prefectura de policía de París, el apartamento del bulevar St Martin nº37 es atribuido a una familia « aria ».

      1944 : mi primo Emile es arrestado y deportado por los nazis. Este mismo año, a pesar de estar abrumada por el peso de las desdichas, la tía Hélène, para recuperar su apartamento, encontró en sí los recursos necesarios para llevar el caso a los tribunales.
      Se dedicó luego a la creación de un negocio de joyería al por mayor que, muy bien gestionado, se desarrolló y creció rápidamente.

      En esa época había en el bulevar St Martin nº37 un cine que se llamaba Kinerama : era una cueva de Alí Baba ( el dueño era turco y teníamos el sésamo ). Durante todo el año, daban todas las antiguas películas policíacas norteamericanas y las del oeste durante todo el año. Como la tía Hélène era amiga de los dueños, todos los jóvenes que la visitaban podían ver una película si lo deseaban. En verano, el mucho calor obligaba a abrir todas las ventilaciones de la cabina de proyección así como las de la sala del cine que daban al patio del edificio. La misma causa obligaba a los vecinos a hacer lo mismo y desde las 2 de la tarde hasta la 1 de la madrugada eran puros duelos del Zorro, gritos y escopetazos con una música infernal, que invadía el piso de la tía Hélène, su cabeza y la de sus huéspedes. Con tanta bulla, ya no se podía conversar, pero ella decía « No pasa nada, estoy acostumbrada » y sonreía.

      Se instaló el ascensor en los años 60. Antes, al regresar del mercado, la tía Hélène tenía que subir los tres pisos a pie, con la bolsa que cargaba cada día, una o varias veces según el número de invitados que iba a recibir. Muy raras veces se quedaba sin visitas. Durante casi 34 años, tuvo que practicar esa gimnasia impuesta: a veces estaba cansada... pero nunca nos lo mostraba.

      Por aquellos años, ella contrató para las tareas de la casa a un joven húngarorrumano llamado Shandor, porque quería dedicarse más a fondo a su negocio, que ya había prosperado mucho gracias a su entrega. Se pasaba el día atendiendo a sus clientes, a sus proveedores, a los operarios y fabricantes que trabajaban para ella y cuidando de la contabilidad, de las expediciones y de las reparaciones...

      Fue en los años 60 cuando la tía Hélène se dedicó principalmente a vender relojes de oro rodeados de diamantes. Eso le permitió suprimir el taller de joyería y reformar el piso tal como es actualmente.

      Siempre y en cada momento tenía la tía Hélène visitas en casa y, radiante, alegre, generosa, cariñosa, ofrecía a cada uno lo mejor de lo que podía dar.

      Con estas palabras, deseo dar un modesto testimonio del trabajo descomunal que la tía Hélène supo realizar tan maravillosamente, con su mente fuerte y responsable, con su capacidad única para resolver sola problemas insuperables, y con la cabeza siempre en su sitio en cualquier circunstancia.

      Ella decía que era como los demás pero era un ser excepcional.

      Con tu sonrisa, quedarás para siempre dentro de mi corazón.
Tu sobrino Jeannot



3
Budapest, Viena, Paris, otra vez Paris, Ica, Lima
y màs de un siglo pisando la tierra
la tierra de tus antepasados, la de tus hijos, de tus nietos y de tus bisnietos
hablando húngaro, alemàn, yidish, francés, español
y tantos vivos y muertos que las palabras no bastan par dar cuenta de ellos.
De ti descendemos, por él, tu hijo, nuestro padre.
A lo largo de tus caminatas imperturbables e interminables
en las que te acompañàbamos cuando niñas,
tus pasos te llevaron allà donde la vida te regalò una tierra.
De la memoria te hiciste cargo con la mirada fija hacia el porvenir.
Tu firme bondad, llena de inteligencia,
tu modestia y tu valor sin ostentaciòn,
tu honradez intachable y tu generosidad,
todo aquello echò raíces en nuestros corazones de niños,
con vital evidencia.
Te doy las gracias por esto también
y cuando se agotaron las palabras y a pesar de las heridas de la ausencia,
sigues palpitando dentro de nosotros.
Tus traviesos ojos grises llenos de sabiduría
velan por nosotros
nos impresionan como los de nuestros hijos.
Saludo a quienes te conocieron para compartir con ellos tu recuerdo
y a los que no te conocieron para dar testimonio de una vida ejemplar,
sin medias tintas, a imagen de tu buena letra que tanto nos impresionaba.
No te digo adiòs Ilonka,
porque te llevo en mí.

Diane Niederman



4
Mémé, Ilonka, mi abuela, ya no vive pero siempre permanecerà en mi corazòn y en el de todos sus descendientes. Su generosidad, su inteligencia, su sabiduría, su sentido del humor asombraban a todos los tenían la suerte de conocerla.

De su infancia y su juventud felices en tiempos del imperio austrohúngaro, había conservado el arte de vivir y la cultura.

En su casa se hablaba el alemàn, el húngaro, el yidish, el francés, el inglés o el español según las circunstancias. Su curiosidad era inmensa y el interés que mostraba hacia todos era siempre intenso. La hospitalidad era para mi abuela algo natural y acogía a la familia y a los amigos en su piso del 37 bulevar St Martin en Paris con cariño y generosidad. Cada uno se sentía a gusto con ella.

Amaba la vida y sus placeres que le gustaba compartir con los que la rodeaban.Sin embargo en cada día de su larga vida que durò 105 años, recordaba a sus seres queridos asesinados por los nazis. Esta memoria nos la ha legado.

Fue un ejemplo de valor y firmeza, optimismo y lucidez. Empezò de nuevo desde la nada gracias al amor de su hijo Robert y logrò hacer prosperar el taller de joyería que mi abuelo había creado.

A los 95 años ella decidiò irse de París para ir a vivir en casa de su hijo y de Carmen su esposa en Ica. Allí viviò feliz rodeada por el cariño de Robert y Carmen que se desvivían por ella.

Su cara sonriente, su mirada llena de bondad, determinaciòn y espíritu quedaràn intactas en nuestro recuerdo de aquella dama fuera de lo común.

Brigitte Avezou



5
      Los astros reflejan la luz de un pasado lejano, bañan el presente en una cálida claridad y guían al viajero hacia un porvenir radiante.

      Nuestra abuela era y seguirà siendo para nosotros uno de esos astros. Irradiaba une luz surgida de otra época. Cruzò el siglo con valor y dignidad, cargando con el peso de recuerdos casi imposibles de compartir. Ella hablaba poco de sí misma porque se interesaba primero en nosotros cuando la visitábamos. Sin embargo cuando nuestro tío le propuso un día contar su historia, aceptò con generosidad evocar los momentos más dolorosos de su vida, un pasado que guardaba para sí y cuya importancia habíamos presentido. Este pasado lo conocemos mejor ahora gracias a ella. Estos momentos especiales aparte, casi siempre se la veía radiante como un sol, los ojos brillantes, la sonrisa en los labios, a punto de dejar estallar una risa alegre y sincera muy propia de ella. Así era Mémé: una mujercita inmensamente digna que sabía mantener a raya el pasado gracias a un sentido del humor increíble, un espíritu travieso y juvenil, una elocuencia fina y chispeante. A ella nunca se la oía quejarse de su edad, del progreso o de la modernidad. Muy al contrario, se alegraba a menudo, con filosofía, de haber vivido tanto tiempo y de haber visto tantas mejoras en la vida cotidiana. Despedía una vitalidad verdadera, una voluntad de vivir el presente antes que nada. Y más que nunca, como para responder a todos los que habían tenido otros proyectos para ella y los suyos.

      Mémé ha bañado nuestro presente de una luz cálida y benevolente. Conservaremos de ella la imagen de esa abuela ideal con la que todos sueñan, una abuela que daba besos, pasteles y regalos y quería a cada uno de sus nietos por igual con toda el alma. Ella, con sus más de 80 años, podía pasarse un día entero cocinando para nosotros. La colmaba de alegría el sentir que todos estaban a gusto a su alrededor. Los momentos pasados en su casa eran siempre festivos, eran horas de serenidad y plenitud compartida. Conservaremos para siempre el recuerdo de este piso tortuoso e imprevisible del bulevar StMartin, donde tanto nos gustaba reunirnos con los primos y las primas. Cada uno de sus cuartos se convertía para nosotros en todo un universo, en el que nuestros juegos hubieran podido prolongarse indefinidamente. Por el largo corredor que separaba la cocina y el comedor, nos encantaba empujar el carrito de dos bandejas cuyo vaivén acompasaba las meriendas y las comidas. Confieso que nos hubiera gustado probar más a fondo sus capacidades de aceleraciòn. El dormitorio de Mémé nos asombraba, con su cama sumamente alta y sus peines de plata y también aquel armario de madera maciza en el cual Mémé guardaba siempre para nosotras unas muestras de perfume que sacaba como tesoros cuando íbamos a visitarla. En su despacho de ministra, amueblado con una gran biblioteca decorada con fotos antiguas que suscitaban en nosotros mil preguntas, Mémé se las ingeniaba siempre para encontrar algo para que dibujáramos y escribiéramos. En este despacho era donde se comunicaba con mi abuelo, por lo menos una vez al día, gracias al valioso fax que ocupaba el mejor sitio y casí parecía formar parte de la familia. En cada una de sus estadías, nuestro abuelo cuidaba de que se instalaran en el cálido salòn de colores verdes y pardos, decorado con gusto, los equipos audiovisuales más modernos, que despistaban un poco a Mémé al principio pero con los cuales siempre conseguía grabar los antiguos dibujos animados de Walt Disney que todos vimos y volvimos a ver felices, còmodamente instalados en el sofà o en la alfombra.

      A este recuerdo de aquellos momentos de cariño y bienestar que iluminaban nuestro presente se suma el de una bisabuela vuelta hacia el porvenir que sabía animarnos en nuestros proyectos con toda confianza y una mente muy abierta. Poco importaba la naturaleza de los estudios que cursábamos o de las aspiraciones que nos movían. Cuando le explicábamos lo que hacíamos, Mémé empezaba siempre diciéndonos: « ¡ Qué maravilla ! ¡ Qué interesante ! » antes de preguntarnos invariablemente « ¿ Pero te gusta ? » si contestábamos que sí, nos miraba sonriente y decía: « Entonces, es lo principal ». Este respeto que nos mostraba nos daba ganas de salir adelante y nos impulsa todavía hoy a dirigir nuestras vidas hacia esa plenitud que deseaba para nosotros.

      De Mémé conservaremos una multitud de pequeños recuerdos variopintos : el talento con que preparaba unos platos que nos llevaban , mientras duraba la comida hacia su Hungría natal; la manera como ladeaba la cabeza como para escucharnos mejor cuando le hablábamos o cuando se encogía de hombros al dirigirnos una mirada traviesa si consideraba que Robert decía tonterías; su acento húngaro todavía muy pronunciado cuando hablaba francés, un francés perfecto, y nos contaba sus anécdotas favoritas; y su facilidad para aprender idiomas, su soltura para pasar de uno a otro, su gusto por las cosas bellas, los libros de arte, la literatura, la música, las buenas películas y el arte en todas sus manifestaciones, su asombrosa letra, tan elegante hasta el último día, su manera de exclamar para expresar su asombro de haber cruzado el siglo XX del principio al final, su convencimiento de que era fundamental respetar los derechos de la mujer y del hombre en general, el tono risueño que adoptaba para hablar del Perú « ¡ Yo fui allí 27 veces ! », el tono travieso con que dijo, el verano pasado, a los 105 años, al ver que Robert le traía agua « ¡ Entonces, vamos a emborracharnos ! » y se echò a reír. En este mismo verano , insistía en repetir que a Emilie, que había venido a visitarla, la encontraba muy guapa, « ¡ De veras muy guapa ! », como si le conmoviera el semblante de su bisnieta, quizás porque le recordaba los rasgos de otros miembros de la familia. Podríamos dejarnos mecer por mucho tiempo por todas estas imágenes que puestas unas tras otras, sòlo esbozan un retrato superficial de la que fue para nosotros una bisabuela insustituible.

      Hoy somos huérfanos pero también más ricos y más fuertes por haber conocido y querido a aquella bisabuela que tanto nos dio y a quien llevaremos para siempre en nuestros corazones.

      Que viva ella para siempre a través de nosotros, cual una lumbre encendida un día por una estrella fugaz deseosa de alumbrar nuestro camino por mucho tiempo antes de volver a emprender su camino. Nuestro deseo más hondo ahora es honrarla inspirándonos en la dignidad y la humanidad que fueron suyas en cada instante.

      Querida Mémé, ya es tiempo de darte las gracias, besarte tiernamente y despedirnos de ti. Tu recuerdo vivirá para siempre.

Marie-Cécile, Anne-Laure, Emilie, Amanda




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